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Reporte noviciado noviembre de 2011

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La Biblia y el celular

¿Se imaginan que pasaría si tratáramos a nuestra Biblia de la misma forma que tratamos a nuestro celular? Y siempre cargáramos nuestra Biblia en la...

Padre Thomas Judge

Padre Tomas Agustín Judge nació en Boston Massachussets, Estados Unidos de Norteamérica, el 23 de agosto de 1868. Sus padres eran inmigrantes irlandes...

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  • Padre Thomas Judge

La Ascensión del Señor

 

La Ascensión es el signo de nuestra esperanza

Jesús fue humilde entre los humildes cuando vivió en Palestina. Nació en el seno de una familia humilde, y, durante los años que vivió, fue un pobre más entre los pobres. Nuestro Señor vino al mundo a realizar una gran obra, y, aunque se manifestó como enviado de Dios, pues "pasó por todas partes haciendo el bien y curando a todos los que padecían oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (CF. HCH. 10, 38), pocos fueron los que se percataron de quién es Nuestro Redentor, porque jamás intentó llamar la atención, para que se le reconociera como un gran personaje.

Jesús predicó el Evangelio intentando que sus oyentes reconocieran la grandeza de Nuestro Santo Padre, con quien se siente plenamente identificado. Esta es la razón por la que Nuestro Salvador dijo en cierta ocasión: "El Padre y yo somos uno" (JN. 10, 30).

A pesar de ser consustancial a Nuestro Santo Padre y al Espíritu Santo, Jesús reconocía su grandeza, en cuanto vivía plenamente identificado con el Padre. Jesús se sentía realizado plenamente, no por los logros que alcanzaba, sino por cuanto cumplía cabalmente la voluntad de Nuestro Creador. Esta es la razón por la que el Señor decía: "-Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra de salvación" (JN. 4, 34).  "-Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre (cuando yo sea crucificado), entonces reconoceréis que "yo soy el que soy" (reconoceréis que soy Dios) y que no hago nada por mi propia cuenta; solamente enseño lo que aprendí del Padre" (JN. 8, 28).

Los primeros cristianos eran conscientes de que no podían interpretar la Palabra de Dios desde el punto de vista de la lógica humana. Ellos estaban convencidos de que Jesús había resucitado de entre los muertos, y, aunque la mayoría de los tales no vieron físicamente al Hijo de Dios y María, se adaptaban al cumplimiento de la voluntad divina, porque estaban convencidos de que Nuestro Redentor formaba parte de su vida, y de que se manifestaba al mundo por su mediación.

Entre muchos hijos de la Iglesia primitiva surgió la creencia de que el mundo no tardaría mucho tiempo en acabarse, y por ello vivían intentando ser miembros del futuro Reino de Dios, cuya instauración entre los cristianos creían muy cercana. Conforme pasaban las décadas, y nuestros antepasados en la vivencia de la fe que profesamos sobrevivieron a periodos de persecuciones intensas por parte de judíos y romanos, vieron que no acontecía el retorno de Jesús, y que por ello sus interpretaciones del fin del mundo deberían tener un sentido diferente al que le habían atribuido desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén. el hecho de que no acontecía la Parusía del Señor, y de que muchos cristianos eran torturados y asesinados, atentó contra la fe de muchos creyentes, los cuales empezaron a cuestionarse la Resurrección de Jesús, y la presencia del Señor en su Iglesia, que muchos consideraron que era producto de la mente humana.

Quizá nos cuesta creer que Jesús se hizo pobre rechazando la oportunidad de ser rico, que la mayoría de sus seguidores fueron extremadamente humildes porque el Señor no comulgó con la ideología de quienes explotaban inmisericordemente a los más necesitados, que renunció a formar una familia y se consagró a la predicación del Evangelio para demostrarnos que Dios existe realmente y nos ama, que renunció a su vida para poder realizar plenamente la misión de redimirnos con que vino al mundo, que venció a la muerte, y permanece en la presencia de Nuestro Santo Padre, al mismo tiempo que se manifiesta en la vida de sus creyentes, lo cual se demuestra, por las obras benéficas que llevan a cabo los miembros de la Iglesia, que se esfuerzan para conseguir que su vida sea un reflejo del Ministerio divino del Hijo de Dios y María.

A pesar de la dificultad que podemos tener para creer en Dios al intentar adaptar los misterios de la fe que profesamos a la lógica humana, Jesús nos dice: "Si no entendéis lo que yo digo, es sencillamente porque no queréis aceptar mi mensaje" (JN. 8, 43).

Desde nuestro punto de vista humano, no podemos comprender los misterios divinos, lo cual no debe servirnos de excusa, para no trabajar en la conversión del mundo en una sociedad familiar, en que desaparezcan las barreras de la falta de solidaridad y desconfianza. Quizá no nos valoramos teniendo en cuenta la conducta que observamos, sino las riquezas que hemos conseguido. En la Biblia se nos insta a considerar el ejercicio de la caridad cristiana como nuestro mayor tesoro, de hecho, si todos nos amáramos como hermanos, el mundo sería muy diferente.

La grandeza de la fe que profesamos, no solo se demuestra orando. Es cierto que si no oramos no tenemos fe en Dios, pero, si oramos, y no hacemos el bien, no vivimos como cristianos, sino como quienes practican técnicas de relajación, para reducir su estrés. Esta es la causa por la que San Juan nos instruye, en los siguientes términos: "Por nuestra parte, sabemos que Dios nos ama, y en él hemos puesto nuestra confianza. Dios es amor, y quien ha hecho del amor el centro de su vida, vive en Dios y Dios vive en él... Si alguno viene diciendo: "Yo amo a Dios", pero al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no es capaz de amar al hermano, a quien ve?" (1 JN. 4, 16. 20).

San Pedro, siendo consciente de que muchos se reían de los cristianos que seguían creyendo en Jesús, a pesar de que no acontecía la segunda venida del Salvador de la humanidad a concluir la instauración de su Reino en el mundo, escribió en su segunda carta: "De cualquier modo, queridos hermanos, hay una cosa que no debéis olvidar: que, para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día. (Dios no está sometido al tiempo como nuestra corta vida, y por ello actuará cuando lo considere oportuno). No es que el Señor se retrase en cumplir lo prometido, como algunos piensan; es que tiene paciencia con vosotros, y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se conviertan" (2 PE. 3, 8-9).

Si vemos de una forma positiva el hecho de que Dios no haya concluido la instauración de su Reino en el mundo, nos percatamos de que aún nos es posible creer en El, lo cual significa que tenemos tiempo para reparar el mal que hayamos podido hacer, con el fin de equiparar nuestra vida a la existencia de Jesús, para que el Señor pueda manifestarse al mundo por nuestro medio, y nuestro ejemplo de bondad infinita, haga que muchos no creyentes, se acerquen a la Iglesia, cuya misión consiste en evangelizar a la humanidad.

Desgraciadamente, aún hay mucha gente que espera que este mundo sea destruido, para poder vivir en el Reino de Dios. Han surgido religiones que se dicen cristianas, que enseñan a sus seguidores a odiar a quienes no son sus adeptos. Los primeros cristianos, al ver que no acontecía la segunda venida de Jesús al mundo, comprendieron que la Iglesia de que formaban parte es el Reino espiritual de Dios, lo cual no es contrario a la espera de la conversión del mundo en el Reino mesiánico, y nos estimula a trabajar en la viña del Señor, como si la santificación de la humanidad dependiera de nuestra actividad cristiana.

Esta es la causa por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: "En cuanto a la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo y al momento de nuestra reunión con él, una cosa os pedimos, hermanos: no perdáis demasiado pronto la cabeza ni os dejéis impresionar por revelaciones, rumores o supuestas cartas nuestras. ¡Nada de eso debe haceros suponer que el día del Señor sea inminente!" (2 TES. 2, 1-2)

Padre Roberto Mena ST

 

Sexto Domingo de Pascua

La amistad con Jesus Resucitado es la fuente de nuestra alegria.

El amor no tiene fronteras. En el Evangelio Cristo nos llama amigos; no existe en la tierra un signo mayor de confianza que este, por eso nuestra alegría llega a su plenitud. La fuente de la alegría es el amor que no hace distinción de personas, ni discrimina, ni selecciona.
 
Hermanas y hermanos:
 
Muchos hombres de nuestro tiempo no entienden el sentido de la verdadera alegría. La ven como un paréntesis en medio de una existencia aburrida en donde predomina la inquietud, la inseguridad, el dolor. Por eso cada vez se oyen más risas y se ven menos sonrisas. "El necio cuando ríe lo hace a carcajadas; mas el hombre sensato apenas sonríe" -dice la Escritura-. Quien lleva a Dios en su alma, siente la necesidad imperiosa de transmitirlo con una alegría profunda, serena, permanente; es el contagio incontrolable que penetra hasta el fondo del corazón, que lo esponja y tranquiliza.
 
"Hay más alegría en dar que en recibir" La felicidad de una madre es la alegría de sus hijos; Es un teorema que no falla. Pero es mayor la alegría si tenemos a Dios en nuestro corazón. Cuando no hay amor, no hay vida y sólo encontramos el vacío de Dios; entonces queremos llenar ese espacio con dioses falsos.
 
En cambio quien posee la alegría cristiana es portador de un mensaje nuevo de solidaridad, de paz, de amor; iluminado por la alegría sabe acoger la vida con agradecimiento y veneración; es la actitud de quien ha descubierto que la vida entera es gracia. Sólo es feliz quien hace un mundo más feliz. Sólo conoce la alegría quien sabe regalarla. La alegría es contagiosa.
 
"La alegría del corazón alegra el rostro". Paul Claudel pone en boca de su personaje este mensaje: "Dios mío, tú me habías dado la posibilidad de hacer que todo aquel que me mirara, tuviera deseos de cantar, como si yo le diera el tono en voz baja". Pregúntate honestamente: ¿Tu sonrisa revela a los demás la presencia de Dios en tu alma? ¿El mundo mejora cuando tú contribuyas a elevarlo? El bálsamo de una sincera alegría cristiana, podría traer de nuevo, entre los hermanos en la fe, el resurgimiento de una ejemplar caridad.
 
La alegría necesita imperiosamente comunicarse a través de la verdadera amistad. Recordemos que la medida del amor es amar sin medida. El auténtico amor no sabe de estrategias ni de cálculos; por eso el amor implica generosidad, gratuidad y alegría. El amor interesado es la antítesis del amor. "El egoísmo se parece a los bandidos egipcios que sólo abrazaban a sus víctimas para ahogarlas".
 
"Cantad con vuestra voz, -dice San Agustín- cantad con vuestro corazón, cantad con vuestros labios, cantad con toda vuestra vida". Hermanas y hermanos: Llevemos la alegría cristiana al ambiente en que vivimos: La familia, el trabajo, los amigos. Pero que no sea la alegría que da el mundo, sino la que Cristo nos trajo con su encarnación. Sólo así tendremos rostro de resucitados.
 
Padre Roberto Mena ST
 

Cuarto Domingo de Pascua

 

El Buen Pastor cuida su Iglesia
 
La vida merece ser vivida solamente si es para entregarla. Cristo es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, las conoce por su nombre. Los pastores de nuestro tiempo no son solamente los sacerdotes, sino todos los cristianos coherentes. El Evangelio habla hoy de pastores y de mercenarios. Sólo los primeros son capaces de dar la vida por su rebaño.
 
Hermanas y hermanos:
 
Jesús termina diciendo en la parábola : "Yo soy el Buen Pastor". Tú y yo también lo somos si cumplimos las condiciones: dar la vida por las ovejas; conocerlas por su nombre; vivir entre ellas participando de sus problemas y preocupándonos especialmente por las que están fuera del redil. Dar la vida es la suprema muestra de amor. Hay muchos que viven de las ovejas, que se aprovechan del puesto y convierten en poder y dominio lo que debe ser responsabilidad y servicio. Estar con las ovejas no es cosa fácil. Conocer y dar la vida implica una relación personal, íntima, dinámica, vivificante.
 
La pedagogía de Jesús es innovadora e ilumina con una luz nueva las relaciones de poder y autoridad. "Al buen pastor -dice el Concilio Vaticano II- se le conoce por la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza de alma y la constancia, la asidua preocupación de la justicia". Podemos ser pastores buenos, malos o incluso lobos para los demás. Cristo es el pastor por excelencia, pero hay también otros buenos pastores entre nosotros.
 
Los encontramos en todos los estados de vida, en todas las profesiones, en todas las clases sociales. Si no siempre "dan la vida" en el sentido de morir físicamente, dan a todos los hombres su sacrificio, su lealtad, su ejemplo y su amor de hermanos.
 
El cuarto domingo de pascua es el día de las las vocaciones. El mundo necesita ser evangelizado con nuevos métodos, nuevo entusiasmo, nuevo lenguaje, como dice el Papa. El Señor necesita sacerdotes que dediquen su  vida a servir a los ancianos, los minusválidos, los enfermos, los pobres, los drogadictos, los niños. El sacerdote hace falta hoy más que un rey, más que un militar, más que un banquero, más que un médico, más que un maestro; porque él puede reemplazar a todos pero ninguno puede reemplazarlo a él; si él faltase, el mundo moriría de la peor hambre, pues lo dejaría sin ese poquito de pan y sin ese poquito de vino que son el centro de todas las celebraciones litúrgicas.
 
Hermanas y hermanos: Oremos para que el Espíritu suscite  muchas y santas vocaciones. Muchos pueden y no quieren. Muchos quieren pero no pueden. La vocación es un llamado de Dios. Y si alguno de tus hijos ha manifestado inquietud vocacional, agradece a Dios esa elección; protégelo en sus dificultades; reza por él para que sea generoso; apóyalo en sus decisiones. Será el orgullo de tu casa y una bendición del cielo.

Padre Roberto Mena ST

 

Quinto Domingo de Pascua

Cristo la Vid Verdadera nos invita a permanecer en EL.

El significado profundo de la alegoría de la vid y los sarmientos es la mística unión entre Cristo y los creyentes. El tronco, las ramas y sus frutos sugieren muchas cosas a aquellos agricultores que escuchaban a Jesús. La estabilidad del tronco evoca la certeza de la fe. Su fecundidad abre los horizontes a la esperanza cristiana.

Hermanas y hermanos:
 
Termina el ciclo pascual y Cristo resucitado nos ha ido dejando mensajes fundamentales en este y en los domingos anteriores: Que es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas; que es el Maestro que nos enseña el mandamiento del amor; que nosotros somos los sarmientos que recibimos vida y producimos frutos si estamos unidos a la vid. No podemos desoír la invitación de permanecer en el redil de Cristo y, menos todavía, dejar de ser sarmientos unidos a la vid destinados a dar mucho fruto.
 
La alegoría apunta claramente a una comunión de vida con Cristo. La savia de la gracia se nos comunica a través de los sacramentos y damos frutos de santidad y apostolado si permanecemos unidos a Dios. En cambio la separación produce esterilidad y muerte. "Sin mí nada podéis hacer".
 
La enfermedad más extendida en nuestros días es la soledad, aseguran los psicólogos. Esto se comprueba sobre todo en los países de más elevado nivel de vida. Muchos niños sufren la soledad, porque sus padres están muy ocupados en otras cosas. Muchos jóvenes se sienten incomprendidos. Hay casados que viven en soledad.
 
En las comunidades de vida consagrada puede haber también vidas solitarias, que no han descubierto la amistad con Cristo y vegetan sin entusiasmo en medio del torbellino de sus ocupaciones. Sobre todo sufren de soledad los ancianos, desatendidos, abandonados y considerados como una carga. Son personas que han hecho mucho en su vida y ahora pueden estar rodeadas de todo menos de cariño.
 
La soledad es especialmente insoportable para quien está rodeado de miles de hombres que le son ajenos y desconocidos.  Nuestras ciudades acogen multitudes de personas que no se conocen. Entre los que se conocen, son pocos los amigos de verdad. Las relaciones que pueden establecerse son superficiales y duran poco. La pena interior se exterioriza en la depresión y el nerviosismo, que pueden llevar a más de alguno hasta el suicidio. Este mundo nuestro, sofisticado y tecnificado, no favorece las relaciones profundas entre personas en cuanto tales.
 
Cuando Juan dice: "¡permaneced en Cristo!": nos está pidiendo que no sólo vivamos "como" El, o que sigamos "tras" El, o que seamos "de" El, o que caminemos "con" El, sino que vivamos "en" El. Es un programa de comunión de vida. Ciertamente "permanecer en El" no se interpreta pasivamente, sino que es un programa dinámico y comprometedor.
 
Hermanas y hermanos: Dios es la respuesta al problema de la soledad. Su conocimiento de nosotros es íntimo, personal y profundo. Conoce nuestras debilidades, necesidades y buenos deseos, antes de que se los expongamos. Los invito a comenzar a vivir como el sarmiento, unido a la Vid verdadera que es Cristo Nuestro Señor.
 
 
Padre Roberto Mena ST
 

Tercer Domingo de Pascua

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La paz es el regalo de Cristo resucitado a su Iglesia y al mundo.


Cristo resucitado se aparece a los Apóstoles con una presencia distinta de la que tenía en su vida mortal. Ahora provoca sorpresas, llegadas y despedidas súbitas, mensajes lacónicos y sustanciales. La luz de la resurrección les abre el entendimiento para comprender las escrituras; el pan en Emaús y el pez en Jerusalén hacen tangible su presencia real; y sobre todo reciben la paz como regalo y fruto de la redención.

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