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Padre Tomas Agustín Judge nació en Boston Massachussets, Estados Unidos de Norteamérica, el 23 de agosto de 1868. Sus padres eran inmigrantes irlandes...
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Padre Thomas Judge
La Ascensión del Señor
La Ascensión es el signo de nuestra esperanza
Jesús fue humilde entre los humildes cuando vivió en Palestina. Nació en el seno de una familia humilde, y, durante los años que vivió, fue un pobre más entre los pobres. Nuestro Señor vino al mundo a realizar una gran obra, y, aunque se manifestó como enviado de Dios, pues "pasó por todas partes haciendo el bien y curando a todos los que padecían oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (CF. HCH. 10, 38), pocos fueron los que se percataron de quién es Nuestro Redentor, porque jamás intentó llamar la atención, para que se le reconociera como un gran personaje.
Jesús predicó el Evangelio intentando que sus oyentes reconocieran la grandeza de Nuestro Santo Padre, con quien se siente plenamente identificado. Esta es la razón por la que Nuestro Salvador dijo en cierta ocasión: "El Padre y yo somos uno" (JN. 10, 30).
A pesar de ser consustancial a Nuestro Santo Padre y al Espíritu Santo, Jesús reconocía su grandeza, en cuanto vivía plenamente identificado con el Padre. Jesús se sentía realizado plenamente, no por los logros que alcanzaba, sino por cuanto cumplía cabalmente la voluntad de Nuestro Creador. Esta es la razón por la que el Señor decía: "-Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra de salvación" (JN. 4, 34). "-Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre (cuando yo sea crucificado), entonces reconoceréis que "yo soy el que soy" (reconoceréis que soy Dios) y que no hago nada por mi propia cuenta; solamente enseño lo que aprendí del Padre" (JN. 8, 28).
Los primeros cristianos eran conscientes de que no podían interpretar la Palabra de Dios desde el punto de vista de la lógica humana. Ellos estaban convencidos de que Jesús había resucitado de entre los muertos, y, aunque la mayoría de los tales no vieron físicamente al Hijo de Dios y María, se adaptaban al cumplimiento de la voluntad divina, porque estaban convencidos de que Nuestro Redentor formaba parte de su vida, y de que se manifestaba al mundo por su mediación.
Entre muchos hijos de la Iglesia primitiva surgió la creencia de que el mundo no tardaría mucho tiempo en acabarse, y por ello vivían intentando ser miembros del futuro Reino de Dios, cuya instauración entre los cristianos creían muy cercana. Conforme pasaban las décadas, y nuestros antepasados en la vivencia de la fe que profesamos sobrevivieron a periodos de persecuciones intensas por parte de judíos y romanos, vieron que no acontecía el retorno de Jesús, y que por ello sus interpretaciones del fin del mundo deberían tener un sentido diferente al que le habían atribuido desde que fue fundada la Iglesia madre de Jerusalén. el hecho de que no acontecía la Parusía del Señor, y de que muchos cristianos eran torturados y asesinados, atentó contra la fe de muchos creyentes, los cuales empezaron a cuestionarse la Resurrección de Jesús, y la presencia del Señor en su Iglesia, que muchos consideraron que era producto de la mente humana.
Quizá nos cuesta creer que Jesús se hizo pobre rechazando la oportunidad de ser rico, que la mayoría de sus seguidores fueron extremadamente humildes porque el Señor no comulgó con la ideología de quienes explotaban inmisericordemente a los más necesitados, que renunció a formar una familia y se consagró a la predicación del Evangelio para demostrarnos que Dios existe realmente y nos ama, que renunció a su vida para poder realizar plenamente la misión de redimirnos con que vino al mundo, que venció a la muerte, y permanece en la presencia de Nuestro Santo Padre, al mismo tiempo que se manifiesta en la vida de sus creyentes, lo cual se demuestra, por las obras benéficas que llevan a cabo los miembros de la Iglesia, que se esfuerzan para conseguir que su vida sea un reflejo del Ministerio divino del Hijo de Dios y María.
A pesar de la dificultad que podemos tener para creer en Dios al intentar adaptar los misterios de la fe que profesamos a la lógica humana, Jesús nos dice: "Si no entendéis lo que yo digo, es sencillamente porque no queréis aceptar mi mensaje" (JN. 8, 43).
Desde nuestro punto de vista humano, no podemos comprender los misterios divinos, lo cual no debe servirnos de excusa, para no trabajar en la conversión del mundo en una sociedad familiar, en que desaparezcan las barreras de la falta de solidaridad y desconfianza. Quizá no nos valoramos teniendo en cuenta la conducta que observamos, sino las riquezas que hemos conseguido. En la Biblia se nos insta a considerar el ejercicio de la caridad cristiana como nuestro mayor tesoro, de hecho, si todos nos amáramos como hermanos, el mundo sería muy diferente.
La grandeza de la fe que profesamos, no solo se demuestra orando. Es cierto que si no oramos no tenemos fe en Dios, pero, si oramos, y no hacemos el bien, no vivimos como cristianos, sino como quienes practican técnicas de relajación, para reducir su estrés. Esta es la causa por la que San Juan nos instruye, en los siguientes términos: "Por nuestra parte, sabemos que Dios nos ama, y en él hemos puesto nuestra confianza. Dios es amor, y quien ha hecho del amor el centro de su vida, vive en Dios y Dios vive en él... Si alguno viene diciendo: "Yo amo a Dios", pero al mismo tiempo odia a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, si no es capaz de amar al hermano, a quien ve?" (1 JN. 4, 16. 20).
San Pedro, siendo consciente de que muchos se reían de los cristianos que seguían creyendo en Jesús, a pesar de que no acontecía la segunda venida del Salvador de la humanidad a concluir la instauración de su Reino en el mundo, escribió en su segunda carta: "De cualquier modo, queridos hermanos, hay una cosa que no debéis olvidar: que, para el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día. (Dios no está sometido al tiempo como nuestra corta vida, y por ello actuará cuando lo considere oportuno). No es que el Señor se retrase en cumplir lo prometido, como algunos piensan; es que tiene paciencia con vosotros, y no quiere que ninguno se pierda, sino que todos se conviertan" (2 PE. 3, 8-9).
Si vemos de una forma positiva el hecho de que Dios no haya concluido la instauración de su Reino en el mundo, nos percatamos de que aún nos es posible creer en El, lo cual significa que tenemos tiempo para reparar el mal que hayamos podido hacer, con el fin de equiparar nuestra vida a la existencia de Jesús, para que el Señor pueda manifestarse al mundo por nuestro medio, y nuestro ejemplo de bondad infinita, haga que muchos no creyentes, se acerquen a la Iglesia, cuya misión consiste en evangelizar a la humanidad.
Desgraciadamente, aún hay mucha gente que espera que este mundo sea destruido, para poder vivir en el Reino de Dios. Han surgido religiones que se dicen cristianas, que enseñan a sus seguidores a odiar a quienes no son sus adeptos. Los primeros cristianos, al ver que no acontecía la segunda venida de Jesús al mundo, comprendieron que la Iglesia de que formaban parte es el Reino espiritual de Dios, lo cual no es contrario a la espera de la conversión del mundo en el Reino mesiánico, y nos estimula a trabajar en la viña del Señor, como si la santificación de la humanidad dependiera de nuestra actividad cristiana.
Esta es la causa por la que San Pablo les escribió a los cristianos de Tesalónica: "En cuanto a la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo y al momento de nuestra reunión con él, una cosa os pedimos, hermanos: no perdáis demasiado pronto la cabeza ni os dejéis impresionar por revelaciones, rumores o supuestas cartas nuestras. ¡Nada de eso debe haceros suponer que el día del Señor sea inminente!" (2 TES. 2, 1-2)
Padre Roberto Mena ST
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